- EL TIEMPO.

En esta novela el tiempo tiene dos caras. Por un lado está quieto, avanza despacio, y por otro va dando saltos, de delante a atrás o de atrás hacia delante, y se para o se acelera según caprichosas intenciones.
O lo que es lo mismo, hay dos tiempos: el tiempo de la narración y el tiempo de lo narrado.
El tiempo de la narración es doble: el del momento del relato de Jeremie a Adrian, que conocemos si hemos leído la historia de Cosma (Jeremie ha aparecido antes de que el tío Anghel muriera y, cuando al fin muere, el anciano se pone a contarle a Adrian la historia de su padre y la de los demás haiducs)y el del momento del relato de los haiducs: tras la muerte de Cosma, cuando se reúnen en la cueva de los osos y Floarea les va haciendo contar.
El tiempo de lo narrado no es lineal ni sigue un orden cronológico, porque es el tiempo de los recuerdos: se salta de una cosa a otra según vienen las imágenes y se cuentan extensamente anécdotas de un momento pero no se habla de lo transcurrido en muchos años. Las lagunas que quedan en las vidas de los personajes a veces se llenan con las informaciones de otros personajes o no son tales lagunas, porque en algún relato anterior o posterior, Istrati nos lo desvela.
Floritchica, por ejemplo, nos cuenta su historia desde antes de nacer ella, y así nos puede hablar de su madre, sigue cuando era una chiquilla, hasta que se separa de Groza, menciona su encuentro con Cosma en el bosque (que se cuenta con detalles en Oncle Anghel) y después omite el resto hasta su reaparición acompañando al arkonte Samourakis.
Y es que uno cuenta según las sensaciones de dolor o alegría que en él despiertan esos recuerdos.
En cuanto al tiempo de la acción del relato, la verdad es que Istrati no da muchas pistas. Si uno está familiarizado con la historia de Rumanía sí puede hacerse una idea de qué época se trata. Esta especie de indefinición histórica suspende al relato en un tiempo mítico, el tiempo en el que existían héroes, o en un había una vez, en el que caben todos los cuentos.